No sin cierto estupor leo los artículos publicados recientemente en un periódico local con respecto al "Botellodromo". Una palabra nefasta, en sí misma, pues implica que hay una "carrera", en este caso hacia la botella. No puedo entender que puedan existir personas que "aplaudan" la apertura de sitios especiales, dedicados a que la juventud se emborrache, sin molestar a los vecinos, claro, solo eso faltaría. Mientras los jóvenes, y no tan jóvenes, se emborrachen algo apartados, en algún lugar retirado, donde tampoco se tenga mucha visibilidad, todo está bien. Parece que está fenomenal, al menos para los hosteleros, y para los políticos (menudos servidores de lo público). Supongo que también estará bien para los progenitores, a los que les saldrá más barato darle dinero al churumbel para que se emborrache con alcohol comprado en el supermercado, y no con cubatas, pagados a precio de oro en los locales de "ocio nocturno" tan abundantes en el casco urbano. Vivo en lo que parece ser una pesadilla distópica. Una sociedad que alienta a los jóvenes a que se droguen, que consuman alcohol, que ataquen a la policía, que ni estudien ni trabajen, que aspiren a ser "influencers", en resumen, que hagan lo que les dé la gana, sin limitaciones, sin responsabilidades. Lo único importante es que no molesten, pero el problema es que sí molestan. Molestan a los médicos de urgencias que atienden los comas etílicos de niñatos (y niñatas) imberbes. Molestan a los trabajadores que tienen que recoger las toneladas de mierda que estos niñatos dejan tiradas, y limpiar las vomitonas, las meadas y, algunas veces, las cagadas, que adornan los "botellodromos" que tan amablemente nuestros estimados políticos ponen a su disposición. ¡Que lástima tener que vivir en un mundo así!