He tenido un sueño. Como llevo varios días sin ver las estupideces que una plétora de licenciados (o graduados) en periodismo se empeñan en repetir hasta la saciedad en los telediarios, hoy decidí que como sobremesa intentaría dormir una siesta. Tengo algunas décimas de fiebre. Un paracetamol y un par de horas de cama quizá sea lo más eficaz.
Y he soñado. En la provincia en la que resido la colaboración ciudadana ha permitido que las fuerzas de seguridad (la policía) hayan desmantelado 14 fiestas ilegales, todas ellas consideradas como un delito contra la salud pública. Un operativo compuesto por casi 150 agentes, armados con material antidisturbios y fusiles con pelotas de goma, ha conducido a 127 jóvenes, incluidos menores de edad, a un campo de fútbol en las afueras de la ciudad.
Ante el temor de que algunos de los sujetos puedan estar contagiados por el virus, y aprovechando el estado de alarma sanitaria, se ha decretado un aislamiento de 30 días. Durante ese tiempo los jóvenes permanecerán en el campo de fútbol, durmiendo al raso. Los agentes tienen órdenes de disparar pelotas de goma al torso, espalda, brazos, piernas o ingles (eso ya depende de la pericia del agente) a todo aquel sujeto que intente sobrepasar los límites del terreno, convenientemente marcados con cal. Los jóvenes mostraron cierta incredulidad mientras les anunciaban estas medidas por megafonía, pero solo fue durante unos minutos, los primeros disparos, varios dirigidos a las ingles, despejaron cualquier atisbo de duda.
Se les daría una sola comida al día, el desayuno, entre las 8 y 8:30 de la mañana, compuesto por un café con leche y un paquete de 5 galletas María. La leche sería entera, y por supuesto con lactosa. Los intolerantes podrían tomar café solo. Los agentes repartirían el desayuno en el medio del campo, en 5 filas de unos 25 individuos. Una vez obtenido el café y las galletas debían dirigirse hacia el fondo del campo. El precio simbólico de este desayuno se estableció en 100€ por unidad.
El acceso a los baños o a cualquier otra facilidad quedaba clausurado. Se repartieron unos cuantos sacos de arena y unas palas, para que los sujetos pudiesen cubrir los restos de sus necesidades.
Frente a una de las porterías se instalaron 3 dispensadores de agua, con un límite de 15 litros diarios (3 botellas de 5 litros cada una).
Los 150 agentes se distribuyeron en 3 turnos de 8 horas cada uno. El sueldo de ese mes sería pagado por los progenitores de los churumbeles. A una media de 3000€, más las horas nocturnas, más las horas de festivos y fines de semana se calculó un gasto aproximado de 500.000€ que por supuesto no será pagado por papá estado, si no por el papá de cada capullito aislado en el campo de fútbol. También se impuso a cada retoño una multa de 50.000€ por delito contra la salud pública. En caso de no poder pagarla se pasará el cobro a los progenitores, con embargo de bienes si ello fuese necesario.
A las pocas horas de arrancar el dispositivo un padre se acercó por el recinto y amenazó a un agente con una demanda civil. Un par de hostias, una del derecho y otra del revés, fue suficiente para que el sujeto terminase hincado de rodillas sobre las gradas del estadio. Cuando el agente apunto su fusil contra el pecho del progenitor a éste le bastaron 7 segundos para soltarse a llorar, pedir a gritos clemencia y jurar por su santa madre que jamás pondría ninguna demanda. Salió corriendo, con el rabo entre las piernas, mientras su retoño, con cara de bobalicón, lo observaba desde el medio del campo. Creo que ese día conoció realmente a su padre.
Han pasado tres días desde el comienzo del aislamiento. No se ha producido en toda la provincia ninguna otra alteración del orden. No se ha notificado ninguna fiesta ni reunión no autorizada.
Parece ser que comienza a bajar el colesterol entre los aislados, y desde luego la obesidad no es un problema. Algunos de los chavales han dejado de fumar, no por voluntad propia, simplemente porque se les ha acabado el tabaco. Muchos ya empiezan a usar las palas y la arena para tapar sus excrementos. En las últimas 36 horas ninguno ha osado ni siquiera acercarse a las marcas de cal que delimitan el terreno.
Me he despertado y siguen esas décimas de fiebre. No he dormido ni media hora. Tengo el cuerpo molido, y sin embargo, anímicamente me encuentro mejor que nunca. Y aún les quedan 27 días.
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